centros mal pateados

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Se acostó en el sillón con la ropa que tuvo todo el día, todo el día lejos de casa. Se puso a repasar los mensajes que le llegaron como centros mal pateados en un área mal delimitada, demasiado marcado todo. Leyendo se encontró llorando, lloraba lagrimas calientes mientras en el club de enfrente de su casa sonaba bachata. El perro se acobachó en su costado. Y pensó que capaz lloraba de cansancio, de sueño, de silencio, de dolor de cabeza. Abrazó al perro que tenía nombre de destino.

Se enojo por que el plato que la esperaba eran unos fideos mal cocidos con un kilo de cebollas crudas, con mucha crema. Eso capaz también la hacía llorar.

O capaz lloraba por que le vino.

Puede que llore porque esto no era lo que pensaba escribir hace dos horas.

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Desde ese día, tiene miedo, es el tipo de miedo real y profundo que acosa cuando parece que la mente está en blanco o de cualquier color, pero no del todo calma, y ahí aparece… El miedo. Se jacta de no padecerlo todos los días de su vida, de día. Pero de noche, se acomoda y se encuentra en un vacio, en un agujero que paraliza al punto de inmovilizar cada uno de sus músculos. Siempre antes de quedar inmóvil, su cuerpo da su ultima señal de voluntad y de su ojo izquierdo brota una única lagrima, saladísima, por todas las que se aguanta todos los días de su vida, todos desde que abrió esa puerta, con esa llave que no entraba o que amagaba en el cerrojo, desde el día que le explico al mundo que efectivamente no tenía miedo. Desde ese mismísimo día, teme por todo, por todos, pero más por su sonrisa. La perdió el día que ella se fue por esa puerta.

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Siempre supieron que sufrían del mismo miedo, ese que los hacia sonreír, que los hacía llorar. Que los hacía hablar, y que siempre los hacía escribir. Siempre se encontraban en algún rincón del silencio, y se pensaban invencibles en ese segundo mudo, al que limitaban solo con palabras y solo en el pensamiento. Pero juntos no tenían ese miedo, no eran conscientes, eran como chicos, estar alto nunca era lo suficientemente alto para tener miedo a la caída, pero el día que cayeron…

Les vinieron todos los miedos juntos y ellos que fueron invencibles se convirtieron en adultos preocupados, y es que conocieron estar abajo, y si se podía estar más abajo no querían saberlo. La experiencia resulto traumática y a fuerza de caídas, terminaron subiendo, a los golpes pero separados y con miedos.

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Nunca entendieron. Nunca entendieron nada.

A veces los veo buscándose en rincones de segundos mudos, en las ramas de los arboles desnudos, o en algunos pozos a los que se tiran súbitamente solo para ver si era en ese en el que habían caído juntos.

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