cosas

Me imagine que podía ponerle nombre al amor, pero no un nombre de hombre, de mujer, nombre que no sea amor, algo más mío, más de todos.

Pensé en eso camino a la ferretería, pensando en eso me olvide que estaba buscando un gancho para colgar cuadros, así que llegue al lugar de la esquina de la estación, media mirando para todos lados, tan fuera de mi hábitat. Y le pedí al señor colorado que me atendió: “estoy buscando esta cosa para poner atrás de un cuadro, para colgarlo”… Me olvide que la palabra era gancho, no cosa. El hombre acostumbrado por su profesión a que le pidan cosas y no especifiquen que cosas, trajo una gran variedad de posibles cosas que me fueran útiles, de distintos tamaños y colores. El señor entendió que buscaba un gancho para colgar un cuadro, tamaño mediano, color dorado, de fácil aplicación.

Así fue que decidí llamar al amor “cosa”. En eso estaba buscando esta cosa, cuando un día…



Volviendo a la historia de siempre, en la que empezas a contar los días, las horas, los minutos y si ya estas delirando, los segundos…

Ley de atracción, no funciona en estas épocas egoístas de peticiones pretenciosas.

Lo bueno de no tener expectativa alguna es la sorpresa de que la experiencia siempre va a ser mejor que lo no esperado, porque no esperabas nada de lo que te paso esa noche… Que lo querías si, nadie lo puede negar, te lo imaginaste, un poco lo deseaste, pero nada en esa situación dependía completamente de vos.

Ella, ella nunca era lo que nadie esperaba. Es decir, si esperabas encontrar A, te ibas a encontrar con B… Es una persona con matices, pero tiene esta forma de mirar al mundo… No sé cómo explicarlo, ella ve lo que los demás mortales no vemos, y cuando la viste entendiste eso al instante. Y fue entonces que te perdiste en sus detalles, te dejaste arrastrar a su laberinto, no tenía mucho encanto, pero había algo…

Te sentiste satisfecho de poder aclararle que con vos las cosas “nunca iban a ser normales”, ella te sonrió. Te hipnotizo su boca, sus palabras, y de repente querías vivir en ese instante, en el que, sin darte cuenta, estaban casi mezclados. Y entre su boca y sus ojos, no sabías con que quedarte, entonces la mirabas un rato y la besas otro rato más, como si el tiempo se fuera a esfumar, como si el solo de guitarra no fuera eterno.

Cinco minutos, se convirtieron en una hora, y ya no quisiste soltarla.

Hasta te dio la impresión de que la conocías de toda una vida, como si en un pasado no muy lejano, hubieran sido tan cercanos como ese mismísimo día. Entonces, la abrazabas, y ella te miraba. Te hizo creer que podía ser tuya. Sentiste eso que siente un inocente cayendo prisionero de un crimen que no cometió. No había testigos, la radio de fondo no tenía participación alguna.

Y ahora contas segundos, porque hablarle requiere de un buen plan y algo de misterio, porque ella no te piensa hablar.


Lo absurdo es que vos te vayas y yo me quede. Rodeada del humo que siempre deja tu presencia y tu ausencia que solo es eco de lo que fuiste o dijiste ser.

Y esa música retumba en los oídos de la gente que viene, como las luces que los marean y los segundos que los apuran, que los hacen reírse del sin sentido, del alcohol, de la espuma, de todo y porque sí. Porque están vivos

-Se viene un 60, este te tenes que tomar. Agárrate fuerte, porque es el único que pasa a esta hora. Se ponen en pedo de nada.

-Es el aire de la noche

-Para mi es siempre el humo, dejame con mi botella de agua traída de un manantial, bajada de las altas cumbres solo para mí, a un módico precio.

-Yo me bajo acá. No te puedo ayudar más, ya tuvimos la conversación.

Entonces, la vuelta a casa es media descontrolada y algo incordinada, cuesta arriba, cuesta abajo, doblando en las esquinas y tratando de no derrapar.

El frio en la nariz y el silencio que como nunca antes se convierte en incomodo, ya no hay mística, se perdió quien sabe dónde. Porque podían pasar mil cosas pero íbamos a seguir siendo como antes, o no?

Definitivamente sos vos, no yo.

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