Algo

Le tenía tanto miedo a la soledad que a veces abrazaba a personas que no conocía, los abrazaba hasta que sus cuerpos respiraran al mismo tiempo. Se instalaba de a poco en el hombro de la otra persona, y cerraba los ojos, anidaba un segundo ahí.

El abrazo nunca estaba destinado al ser humano al que efectivamente estaba abrazando, siempre pensaba en otra persona, le cambia el nombre, el cuerpo, le cambiaba la personalidad, la moldeaba a la imagen y semejanza del ser que quería abrazar, y en su imaginación ese abrazo era el más perfecto.

Un día, como cualquier día, decidió abrazar a alguien que quisiera abrazar su humanidad, no la de un otro como siempre pensaba.  Así que, miro a los ojos de esta persona y en un acto completamente voluntario, intento no transformarlo en nadie más, abrazar a cualquiera por una buena razón, pero dejando que cualquiera sea tal cual era y no otro imaginario ser.

Abrazo cinco minutos una personalidad desconocida, toda su esencia, sin transformaciones mentirosas ni imaginarias. Escucha cada palabra que quiso decir, le conto algunas cosas que le parecían relevantes, vi sus ojos llenarse de lágrimas… tuvo miedo. Quiso abrazar el aire, el gato que jugaba entre los árboles. Pero abrazo a la persona de los ojos brillosos. No se acuerda su cara, nunca se acuerda de sus caras y decir que alguien es lindo o feo le resulta tan subjetivo como… no sé cómo qué.

Pensó en si era humo, si era real, si eran flores, si esto o lo otro iba a pasar. Se subió al auto, volando en ilusiones, tratando de pisotear expectativas, propias y ajenas. Pensó que hacia frio para estar en ese lugar, pensó en que los abrazos confunden más que cualquier otra cosa de la realidad. Los abrazos, entendió ese día, eran pequeños viajes al alma. Al alma del desconocido, conocido, del imaginario, del inconsciente, del consciente, del ebrio, del enamorado, del perdido, del desesperado, de la mentira, del silencio, del todo. El abrazo era un viaje al universo de las personas que abrazaba.

El abrazo era lo mejor que tenía para regalar.

Y se lo regala a todas las personas que extienden sus brazos a su alma. Al alma de la abrazadora compulsiva.

Todos necesitan un abrazo, uno que dure más un minuto, más del tiempo que podes contar, más de lo que lo convierte en algo incómodo. Un abrazo que frene el tiempo, que detenga todos los males existentes.

Un abrazo que los haga sentir raros, indefensos, cubiertos, protegidos, ambiguos. Un abrazo más, para ver si todo salió bien. Y uno para romper el hielo, otro para jugar a ser pequeños, alguno para acordarte de los que no están, o de que el tiempo o la vida no es eterna. Un abrazo más, hasta que te duermas.

No te voy a mentir, ningún abrazo te va a reconstruir.
Pero vale la pena intentarlo.
Dar abrazos era su trastorno compulsivo obsesivo.

En su tiempo libre, escribe historias sobre la gente que abraza

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s