Un viaje de ida

Sentí que si seguía ese camino, hoy te iba a encontrar. Como quien sigue una salida de emergencia, lo sentí en mi estómago como un presagio, un presentimiento. Lo sentí en mis piernas, que de a ratos temblaban yo  no sabía si era el frío o que estaba nerviosa y apurada, ansiosa. Lo sentí en mis ojos, mirando para todos lados porque en cualquier momento ibas a aparecer y no importaba nada porque otra vez, ibas a estar acá.

Entonces yo caminaba siguiendo las flechas imaginarias, leyendo carteles inexistentes.

A veces pienso que lo único que nos alejaba, de verdad, era esta cuestión del gusto por las infusiones: Yo no puedo tragar ese mate amargo que vos tomabas como si fuera agua nomás, y vos no tenes esta adicción que tengo yo, a vos no te corre el café por las venas, y no te tiñe los ojos. Pero en algunas cosas, pocas, coincidíamos, en algún momento coincidimos en un mismo lugar…

Esa era la distancia para mí, no tus elecciones musicales, ni los libros que lees y yo todavía no leí, y mucho menos, lo que la gente llama kilómetros. Esas ideas de tener que medir las distancias, las cosas, el tiempo, los caracteres, todo con números… no me gusta, me pone de mal humor.

Hice el recorrido de siempre, vos lo conoces también, y te busque en tantos ojos que me empezó a doler la cabeza. Estaba en este intento de resignación, pero me cuesta eso también… porque no se medir las cosas, no se medir el tiempo que hay que esperar para resignarse, para abandonarse al designio de quien sabe que, no sé cuál es la medida de la paciencia y no sé cuál es el antónimo de paciencia…

Subí al tren con esa sensación de que iba a llegar tarde a algún lado, y el maquinista hizo chillar un silbato avisando que las puertas se iban a cerrar. Me zambullí en el universo de Retiro, de cúpulas altas que nadie mira, de techos con huecos por donde espiar el cielo, de colores apagados y de besos de despedidas. Me escondí en ese vagón con un millón de personas que huyen, ellos y yo con los ojos cansados y una esperanza deshilachada.

Avance a los empujones dentro del tren y me acorde de esas cosas que quise olvidar – así me olvide que se suponía que el destino nos iba a cruzar hoy.

Volví a ese día que te despedí, y me contaste que nadie nunca te acompaño, o sea que nunca nadie te despidió cuando te volvías a tus pagos, me pareció simplemente algo horrible; no entendí. Sacamos tu pasaje, juntos, y la verdad no sé qué hacía yo ahí, creo que mi tren estaba demorado y acompañarte no era ningún sacrificio.

Si nadie te despide, nadie te espera, nadie espera que vuelvas.

Pero yo y mis ganas de hacer grandes pequeños gestos, de hacer sonreír, de hacer las cosas bien, de no entender nada… yo me quede ahí, para despedirte, como quien algún día te va a esperar … Nunca imagine que, un día, de verdad, iba a esperar que vuelvas.

Te di un abrazo incomodo, porque justo cuando te abrace me pregunte qué carajo hacia yo ahí. Te vi subir al micro de queseyo cuanta distancia y me fui. Camine por ese lugar pensando que todo lo que acababa de pasar era cualquiera. Me interne en la estación de tren, con los auriculares.
Tengo que admitir que todo parecía una PELÍCULA DE NOAMOR, y que yo como cualquier personaje de película de amor, espere que te bajes, corras, bajes corriendo las escaleras, llegues a mi estación y por lo menos, me regales un beso…
NO PASO.

En la estación, con la gente gris, me olvide de todo eso, porque esperaba mi tren; eso era lo importante.

Eso… hasta que me mandaste un mensaje.

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