Lo que te mantiene vivo

Ibas caminando y pensando, porque no se puede caminar sin pensar. Caminabas y de repente, miraste el cielo, no frenaste pero tu mirada se fijó en un naranjo y en esas naranjas que hacían fuerza en esas ramas, sobre esa vereda, naranjas al borde de la caída, siempre al borde, esperando el momento … entonces, pensaste en cómo eligen las naranjas sobre quien caer. En una cuadra viste unos cuantos naranjos, y varias naranjas que habían rodado por el suelo, se habían estrellado contra él, un impacto que no viste. Un fenómeno que te perdiste. Alguien ve a las naranjas caer?

Es entonces que tu mente viaja, mientras tu cuerpo solo camina y pensas que sos un iluminado por haber pasado esa puerta, que divide el interior más profundo, para salir al afuera más lejano y extraño, o no tanto, como si el mundo dependiera de tu salida, como si fuera una cosa del destino, como si definiera algo. Iluminado vos, como esos que pintaban de héroes, próceres, ahora nadas, solo historias, recuerdos. La jugada que definía el partido, como si fueras el ídolo… y la verdad es que no jugas tan bien al fútbol, no sos un dotado de mística para tales esparcimientos. Tu fútbol no va a cambiar la historia, lo tuyo es la huida. En eso pensabas.

Hay un arte en escaparse; es como el arte de encontrar la baldosa floja, un día de lluvia y poder saltarla y salir ileso. Tu arte, sin duda, era el escape. Si todos te vieran mientras huis, te aplaudirían esquivando todo, olvidando todo, un crack del amague… pero si alguien te ve escapar, significa que salió mal y como es tu arte, te sale tan bien que nunca nadie te ve cuando desapareces, ni te sienten, tu arte, tu mística, tu esencia es la de no ser visto, pasar como una ráfaga de viento, suave y sutil.

Ni te sienten cuando estas, eso te empieza a preocupar. Por eso caminas. Alguien te dijo “Tenemos que hablar”… ya sabias de que se trataba. Ella ya no te sentía, y la verdad es que no estabas.

Llegaste a la esquina, entraste al café, te sentaste cual bolsa de papa que se desploma  en una silla restaurada del lugar cuasi hippie que ella eligió, tu peso muerto en la silla. Entro, miro para todos lados, hasta que te vio, se acercaba y vos viste en sus ojos que sentía lastima por vos, una dulce calma  invadía su cara. Mientras esto sucedía en algún lugar del mundo, yo en otro lugar del mismo mundo, leía algo de Cortázar, y después intentaba escribir, pero tenía demasiado frío en las manos y en los pies, y la nariz muy colorada, así que abandone mi intento de escritura, para buscar un chocolate y un café.

Su cara estaba bastante pálida por el frío de la calle, o porque suele tener la presión baja, la miraste con la “mirada del perrito mojado”, la que nunca fallaba, pero falló. Se acercó el mozo.

Te imaginaste no teniendo nada más que tu piel, de hecho nada de lo que tenías te pertenecía, salvo la forma en la que ella te acababa de mirar, esa mirada no se iba a repetir para nadie más. Esa mirada, siempre, fue para vos. Sin darte cuenta, agradeciste al cielo que alguien te mirara así, como un rato antes les agradeciste a las naranjas no caer sobre tu cabeza. Metiste la mano en el bolsillo de tu jean, el único que encontraste relativamente limpio, y sacaste una pelusa, un billete y un boleto viejo de tren.

Ella pidió un café, vos no querías nada, sabias lo que se venía; además del café y el vasito de soda. Pensabas en las personas correctas, en las incorrectas y en que mierda se supone que significaba eso. La mirabas como intentando entenderla, leerle los labios, o escucharla. Su cara se modificaba en cada palabra que pronunciaba, fruncía el ceño, gesticulaba con sus manos, con sus brazos, con todo el cuerpo, cada vez con más energía, más eufórica, más desgastada, más pálida, y su calma iba desapareciendo, estaba indignada, hablo de decepción, de tristeza. Llegó su café, se calló de golpe, en seco; como quien frena para no derrapar, le sonríe al mozo, le da las gracias, ese cambio rotundo, era tan azul todo a su alrededor. Dijo algo sobre no aguantar y sobre el aire. Vos pensabas en las naranjas, en que tenías ganas de nadar, o en nada simplemente. Pensabas en las caídas, en las miradas extrañas que no logras descifrar y en las que son características de las personas; la mirada de ella, la puramente de ella, era un mezcla de viento en otoño, el calor del sol y las hojas secas en una vereda. Esta era la mirada de ella, sus ojos brillaban, cerró los ojos, beso la taza de café, se quemó, abrió los ojos, disimulando que no había pasado nada, aunque su lengua ardiera, y miro hacia el costado. Ahí estaba, el brillo del agua, de la sal, de la lagrima que no caía y te sonrió, parecía que había dicho todo lo que tenía para decir y esperaba de tu silencio inerte una respuesta. La miraste, buscando en tu mente algo apropiado, algo de película, algo como de una canción, algo para replicar; tiraste una serie de estupideces al aire como “no entiendo que nos pasó”, “puede que sea lo mejor para los dos” “soy yo”” lo nuestro no funciona”…

Ella soltó el café, te dedico una última mirada, una de odio, de fuego y dijo como un epitafio para esa relación “no funcionas más”. Ella lo llamaba magia, pero en realidad él no era el, era lo que ella quería hasta que un día mostró lo que realmente era, él era él. Y a ella no le gusto.

Hay realidades tan bien escondidas. El sabia el arte de mostrar lo que el otro quisiera, no sabía el arte de ser uno mismo.

Agarro sus cosas, tiro un billete en la mesa y se fue, diciendo algo muy de película hollywoodense, muy de esas películas que cualquiera ve un viernes que no tiene nada mejor para hacer… NO ME VUELVAS A BUSCAR NUNCA MAS.

Inmutable ante la mirada del mozo que esperaba que la película continuara, esperaba esa escena en donde el galán sale corriendo en busca de la dama en cuestión, le agarra el brazo, ella se da vuelta enojada y se besan; en ese momento, aparecen los créditos y una canción que suena linda para un final… y todo sigue como antes y ella algún día vuelve a hablar de magia. Pero vos te quedaste sentado, te tomaste la soda, esperaste un tiempo prudencial y cuando el mozo te dejo de mirar, te fuiste sin dejar propina.

Empezaste un viaje a tu interior, dabas vuelta cada rincón, te acurrucabas en algunos espacios, no sé qué buscabas, creo que encontraste lo que ella te grito

YA NO SOS EL MISMO

Vos te miraste las manos, arrancaste una hoja y dibujaste. Terminaste algo y gritaste desde tu asiento, en el subte: “soy yo”.

El papel, mágico y místico papel, cambio tu vida fue solo la parte de este todo que acontecía. No importa. Saltaste la baldosa floja, miraste por última vez el papel que sostenías en tu mano como un tesoro, ese papel que habito en tu bolsillo izquierdo todo el tiempo que estuviste buscándote, un día ese papel voló con el viento, bailó con las hojas de los árboles, bailo como si supiera lo que hacía al elevarse. No lo necesitaste más porque ya era hora de soltarlo.

La solución y el problema habitaban en la misma persona. No sos nadie para muchos, sos vos para vos, sos un todo.

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