vino y pies suspendidos.

Resulta que tuvimos esta conversación sobre mirarse, pero para adentro y no me refiero a las tripas, sino al autoconocimiento, introspección. Solo la palabra me da algo de miedo. Le tengo miedo a algo que escondo, a lo que no veo, porque no quiero ver.

La cuestión es que me senté en la ventana, y me colgaban los pies. Sensación que me encanta, la de poder sacudirlos hacia adelante y atrás, y sentir que no toco el piso, mientras hacía esto, te miraba dormir. No había piso, y vos dormías, y eso era vida.

Me gusta la sensación de caída, supongo que desde que le perdí el miedo al tobogán. Porque cuando caes, sos vos, suspendido unos segundos en el infinito, en la eternidad, en el aire, en la nada… O como cuando saltabas de la hamaca, y después te la dabas contra el piso, pero si no hay piso, durante el momento que estas en el aire, sos vos. De verdad, sin miedos, creo que eso es introspección:

Poder verse suspendido.

Que no es estar perdido, en lo más mínimo. El encuentro con uno mismo debe de ser un de las tareas más difíciles de la vida, y nadie escribe libros sobre cómo vivir, y todos te dicen que eso es autoayuda, pero nadie te ayuda, solo vos, ahí cayendo. Esa es la sensación. LA de los pies suspendidos.

Y te miraba dormir, y para mi estabas flotando en una nube, y quien sabe con quién soñabas. Yo solo quería que me hablaras.

Y no hay caída que duela más que la de caer a la realidad, no me ibas a hablar. Por eso disfrute el instante de ver mis pies desnudos sacudiéndose en tu ventana que daba a un lugar con flores enredadas, y alambres, y una bolsa de basura que volaba. El viento me despeinaba y mis pies bailaban. De repente, abriste un ojo, creo que intentaste una sonrisa y te diste vuelta.

Como no te quise escuchar roncar, tampoco quise verte babear. Me puse las zapatos y me fui de ese lugar, pero antes estire mi brazo por la ventana, arranque una flor de las que estaban enredadas, la tire en tu sabana. Y me fui, como toda dama.

No me gustan las medias, prefiero andar descalza. Bailar en patas, o jugar a saltar e imaginar que nunca caigo.

No quiero conocerme más, me fui cuando el sol me empezó a alumbrar los ojos, y no había forma de disimular que había dormido poco.

Me fui, porque como vos sabes, hay que dejar que fluya y a veces, hacer cualquiera, decir cualquiera, al punto de sacarle la remera… todo era culpa del vino.

No esperaba que me soñaras, ni que me hablaras, mucho menos que me extrañaras.

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