Sos instante, sos eterno

Escribir es recordar. El recuerdo es un poco de eternidad.

Antonio Porchia

No sé cómo empezar, quizás tenga que advertirle, a usted lector, que él no era uno más en la multitud, o que tendemos a pensar que los jóvenes no se mueren, que son casi inmortales. La gente joven tiene más vida para vivir. Y solo nos damos cuenta de esto si la muerte pasa cerca.

¿Cómo hablar de algo doloroso y reciente? Si nunca estamos preparados para la muerte.

Juan se subió al auto de sus tíos, junto con ellos, uno de sus tres primos. Partieron de Buenos Aires,  hacia Gualeguaychú, de donde eran oriundos. Seguro charlaron, les contó sobre las materias que estaba cursando, el parcial que se acercaba. Seguro compartieron mates, algún que otro bizcochito. Quizás se durmió un rato, quizás escuchaban música, quizás miró el paisaje. Se hizo de noche, quizás Juan miró la luna.

A las 00.30 hs., en el kilometro  40 de la ruta 14; un camión acoplado colisiono contra un  Renault Megane. En el acto falleció  el conductor del auto, de 54 años de edad, su esposa y su hijo de 19 años. El cuarto ocupante del vehículo, fue hospitalizado en grave estado.  <EL camionero resulto ileso, y fue detenido.>

El sobreviviente  tenía comprometido el hígado, intestinos y pulmones, la tarea de los médicos fue estabilizarlo. Se lo intervino quirúrgicamente durante la madrugada y quedó internado en terapia intensiva en coma farmacológico. Su estado era delicado, pero aun así presentó mejorías. Se necesitaban dadores de sangre, quizás deba decirle, a usted que está leyendo, que  se informó un récord de sangre y los diarios expresaban: “El nuevo Banco Único de Sangre de Gualeguaychú batió records de recepción de donaciones”.

El cuarto ocupante del vehículo era Juan. Juan no era uno más.

En la jornada siguiente, Juan presentaba, lo que los médicos, denominaron “signos positivos”.

Un día más tarde, el camionero quedaría libre y  Juan seria intervenido por segunda vez, luego de constatar que no presentaba sangrado interno. Pero su situación empeoró.


Mi hermano estaba por entrar al aula donde cursaba, cuando vio salir de otra aula a uno que lloraba, con el celular en las manos. Lloraba. Se acercó para preguntarle que le pasaba, pero quizás lo presintió.

No tenía hambre, no tenía sed, y si tenía se le fueron las ganas, no lloraba, no entendía. Estaba perdido, desorientado, caminaba por inercia, movido por una fuerza que lo impulsaba a quien sabe dónde. Llamó a casa, me pidió que le prepare la mochila, le compré dos pebetes de jamón y queso, una sprite, le guardé “El principito” y un rosario. Sacó el pasaje. A las doce del mediodía, se iba a un lugar que desconocía.

Llegó a casa, lo abrazamos fuerte, agarró su mochila y se fue, algo aturdido. Ya en la terminal, caminaba errante. Subió a su micro, vio caras tristes a su alrededor, no era el único que no entendía nada. Nadie entiende a la muerte. Luego, se encontró en la ruta, en la misma ruta, donde el destino encontró a Juan, al costado de esa misma ruta, un auto abollado, hecho un acordeón; la piel de gallina, un escalofrió recorrió su espalda.

Finalmente, el camino lo llevó a Gualeguaychú, a una catedral, había  caminado sobre los pasos de algunas personas de rostros apenados. Ahí, las caras conocidas, estaban deformadas por la tristeza. En un lugar donde nunca antes había estado, se despidió de Juan.

Escuche ciertas frases que mi hermano me repitió varias veces, y quedaron grabadas en mi interior. Inicialmente, él, como muchos, supongo, negó la muerte. Dicen que la negación es el primer paso. Dijo: “Juan no se murió, va a volver, nos va a decir que todo era una joda”, luego creo que sintió ira, el enojo más profundo… golpeó la puerta. Más tarde, más tranquilo, lloró, y llego el momento, de sumergirse en la tristeza.

Quizás un día iba a ser ingeniero agrónomo, capaz hasta se compraba un campito, tal vez  volvería a Gualeguaychú…Quizás iba a plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo… IBA.

Los dias pasaron… era hora de aceptar, Juan no estaba en los pasillos de la facultad, no estaba pasándole sus apuntes, ni explicándole lo que no entendió, no estaba compartiendo una bondiola, ni le hizo ningún chiste malo, tampoco se fueron antes de alguna clase, ni se sentaron a charlar en el pasto. Juan no estaba más.

Yo no conocí a Juan, pero él se murió. Se murió un hijo, un hermano, un amigo, un novio, un estudiante, un hincha de boca, un  pibe que amaba el campo, y que era feliz andando a caballo.

“Se murió Juan. No voy a repetirlo más, porque Juan esta acá, vivo en sus apuntes, vivo en las semillas que puso en la tierra, en las fotos  en  las que apareció, en todos los espacios que llenó, en el limonero que plantaron en su honor. Tal  vez pueda decir que JUAN NO SE MURIÓ, sin miedo a caer en el cliché de que vive en el recuerdo. Hoy, está vivo en este cuento de ficción y quien sabe, si no vuelve en alguna canción. Es más, creo que si vuelvo a decir su nombre va a venir a decirte que te pongas a estudiar.”

El cielo es tuyo
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