Un cuento para Francisca

La mayoría de los recuerdos de mi infancia transcurren en la casa de mi abuela, donde pase toda mi niñez, en un barrio tranquilo, lejos del caos. Recuerdo salir a caminar y no tener miedo. 

En mi vida, las cosas empiezan con hojas en blanco, las de ella las llenaba de colores y flores, ella me agradecía mis hojas y las pegaba en una pared. Ella me dedico una pared, ella me dedico parte de su vida. Yo le dedico un cuento.

Entendí que puedo mantener vivos los recuerdos, pero a ella, sin querer, ayer la reviví.

El recuerdo, el cuento, vive para siempre y siempre es mucho tiempo. Vi una gota de lluvia, una pequeña lagrima de nube y he ahí que en esa gota pude observar el universo entero, dentro de ese universo dentro de la gota, me encontré con unas huellas en el pasto mojado del campo a la hora que salía el sol y un gallo cacareaba; vi un camino andado, y tropecé con sus ojos. El viento golpeaba unas hojas de olivo, las golpeaba, las acariciaba, un viento bipolar. Otra vez, el aroma del recuerdo y la sensación de su mano en mi frente, sus dedos arrugados.

Henos aquí, en el encuentro en la eternidad, de una milésima de segundo, en el que cae una gota, y no me queda otra que llorar, porque no te puedo abrazar y solo lo puedo imaginar, o recordar- Siento la magia de tus ojos, y la serenidad de saber que de alguna manera estas. Sé que estas. Lo blanco de tu pelo, la sabiduría de tus arrugas, la suavidad de tus manos. Un abrazo más, por favor.

En la inmensidad, me diste un beso en la frente, unas palmaditas en la espalda y ya no necesite nada. Estaba de vuelta en casa. Cerré, los ojos y dormí.


Mi abuela era una mujer increíble, de fuertes convicciones, madraza, mal criadora, terca, modista, costurera, apasionada por lo que hacía, en todo ponía lo mejor de sí y lo hacía con amor. Tenía ojos color miel, unas arrugas que combinaban perfecto con su conocimiento, manos suaves, y el pelo finito como hilos de color gris, el cual mantenía peinado gracias a la bendita permanente y a un fijador de olor particular. Amaba (amo) a mi abuela.

Recuerdo que siempre me peinaba antes de ir al colegio, rezongaba porque me movía, y antes de subirme al micro   me daba un beso en la frente.

Fui creciendo y mi abuela cada vez me parecía más chiquita y frágil, ella era petiza. Tiempo después,  nos mudamos y al visitarla un día, note que pasaba a mi abuela, finalmente era más alta que ella, y descubrí lo lindo que era darle besos en la frente. Su frente llena de experiencia, de saber, de amor, de arrugas o en los mechones que se escapaban de su hebilla, con olor al fijador, ultra finitos los hilos de sus cabellos no se dejaban atrapar con facilidad. Abrazarla también era distinto, mis brazos podían rodear con facilidad su cuello sin que ella necesitara agacharse. Nos reímos mucho, ese día no dejo de decirme lo alta que estaba  y lo grande que me veía. Yo no la podía dejar de abrazar.

El día que falleció, vino a mí el recuerdo del aroma de su fijador y la sensación en mis labios de besar sus finos cabellos, la impresión de sentir sus arruguitas.

De vez en cuando vuelve a mí esa misma sensación, arrastrando el mismo olor. Que lindos eran sus besos en la frente…

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