almendras, nueces y lo demás

Una vez mi mamá me regaló una nuez que encontró tirada bajo un nogal, en una isla del Delta. Me dijo que su tamaño le hizo acordar a mis ojos, grandes y redondos. A mi no me gustan las nueces, es solo un fruto seco, no se abre cuando está maduro, tiene una coraza, quizás demasiado duro. Aun así me guarde la nuez.

Mis ojos son color café con un chorrito de leche, quizás sea asi por mi adicción a tal infusión. Mi papá tenía los ojos verdes como las hojas de los árboles, hubiera preferido tenerlos de ese color. En las fotos, sus ojos siempre resaltaban, parecían chispeantes, aun en aquellas fotografías que por haber estado guardadas mucho tiempo se habían decolorado o teñido de amarillo viejo.

Creo que mi mamá se enamoró de sus ojos, porque parecían hojas en primavera.

En algunas ocasiones mis ojos se transforman en almendras. Las almendras tampoco me gustan, pero hay una banda que se llamaba así, que se creó en 1967, el mismo año que nació mi madre, y su canción más conocida, considerada una de las mejores de todos los tiempos del rock argentino, es la que en su casamiento mi progenitor le dedico a su muchacha y flamante esposa.

 Cuando se transforman en almendras, se achinan, se achican, se ponen duros y secos, eso me pasa cuando trato de aguantar las ganas de llorar. Aguantar, sin respirar, sin pestañear; como cuando estas nadando. Nunca pude abrir los ojos abajo del agua, me da miedo.

Capaz las nubes también se aguantan las ganas de llover, pero llega un momento que no das más, y empiezan a llenarse de brillo, de humedad, de tristeza. Contenes, pero es imposible porque aguantar también duele. Me achino, cada vez más, al punto de no poder ver más allá de mis pestañas, china casi tanto como el dueño del mercado de la esquina de casa, ese que mamá dice que es mafioso, por su actitud sospechosa, sus trajes, sus manos en los bolsillos, y sus ojos chinos. Pero quizás el mafioso chino nunca tuvo que aguantar las ganas de llorar, y sus ojos solo sean asi por su procedencia.

Y, de repente el movimiento involuntario de mis parpados, incontenible, del lagrimal brota una, dos, tres. Catarata, a las de Iguazú nos íbamos a ir juntos, porque ninguno de los dos las conocía. Lluvia.

    

Asi fue que paso, yo lo estaba llamando porque no entiendo mucho de tiempos, y eso que yo lo propuse, porque tampoco entiendo mucho de relaciones, y tengo tendencia a las malas ideas.

Suena una, dos, tres:

-¿Hola?

-¡Hola!, perdón que te llamo… ¿estas ocupado?

– no, no. ¿Cómo estás?

-Bien… te extraño.

Silencio … silencio eterno, incomodo, innecesario. Hasta que por fin, habló. Pero no se si dijo lo que quería escuchar. “Yo también te extraño como persona… no como novia”.  Ojos de almendra. Silencio. Corté.

Desde hacía días mis ojos eran almendras. Parece que si sos novia, perdés tu condición de ser humano, de persona y que si dejas de ser novia, sos solo una persona. Después de tres años y pico, me convertí en solo una persona. Pensé en llamarlo e insultarlo, pero no se me ocurría un insulto lo suficientemente duro como el que el me dijo: persona. Pensé que quizás lo mejor era dañar su virilidad, su hombría, su miembro. “Sos un manicero”, aunque no lo fuera, y aunque no recuerde ni siquiera el tamaño de su parte intima, me suena a un gran insulto, y con ese tipo de agresión yo salía victoriosa de una batalla verbal, que estaba peleando sola. Resulta, que tampoco me gusta el maní.

El celular lo revolee, voló hasta caer en un sillón de tres cuerpos, color beige, caki, no hay color más aburrido e insípido que el color caki; un sillón desgastado por los años, un sillón infeliz donde alguna vez él se durmió.

Después de ese momento de ira, entendí que se había terminado, y como nube, lloví.

Yo estaba tirada en posición fetal, en uno de los sillones del juego de sillones infelices, en un rincón. Mis ojos eran pasas de uvas, de esas que tampoco me gustan. Hacía tres días, tenía puesto el pijama. Creo que los pijamas son eternos, y el mío también lo era, lo rescaté varias veces del tacho de basura, porque mi madre tiene la manía de tirar lo viejo, yo por el contrario, trato de reciclar, reinventar todo. Mi pijama tenia agujeros, que con dedicación, cosí, ya no me acuerdo su color original, estaba desgastado del lavado, si recuerdo que tenía ositos con instrumentos, pero ya no se veían, se habían borrado. Creo que lo tenía desde los ocho años. Después de ese día, lo tiré.

Mi madre, en su intento por rescatarme, me trajo la cena a mi rincón. “milanesa napolitana con puré mixto, como te gusta”. Me gustaba porque a él le gustaba, porque él es eso, ni milanesa del todo, ni pizza del todo, un invento, un poco de esto y un poco de aquello, y ni hablemos del puré, que de por si suena a hospital, es mixto, una mezcla, de aquí, de allá, pero nada definido, nada sólido, una baba, inerte. Pero acepte la comida, no la comí, la devoré, la milanesa napolitana la triture, la corte en pedacitos y el puré lo aplaste más. Creo que mi mamá se asustó por la violenta forma en la que comí.

Luego salí de mi rincón, me bañe, incluso me cambie… pero mis  ojos nunca más volvieron a ser nueces, hoy son almendras, y todavía no me gustan ninguna de las dos cosas.♦

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