Los monstruos

Fue un bautismo, no religioso, si no de otro tipo, un hito.

Lo más épico de aquella primera vez fue, sin dudas, el viaje. No sabían cómo llegar, y no se querían perder nada, querían exprimirlo todo, disfrutar el dulce jugo del campo, querían llegar temprano, empaparse de euforia, de esa mística, querían ver incluso a las bandas soporte. Pero no sabían cómo llegar.

Desde el día que se enteraron que después de muchos años, seis para ser exactos, de no pisar estas tierras, venían, empezaron a ahorrar, porque la entrada estaba “salada”, unos 500 pesos había que desembolsar para poder disfrutarlos, pero los valían. Eso no fue problema para los monstruos.

El problema era llegar, porque desde donde iban La Plata parecía que quedaba en La Quiaca. Eran las 13 hs del 13 de noviembre 2011.  Para llegar se tomaron dos colectivos, sentían que toda la gente a su alrededor notaba la felicidad en sus ojos, y querían compartirla. Salieron tarde de la casa, llegaron justo, nerviosos, se subieron a un bondi con personas de distintas nacionalidades, que llevaban remeras negras, en general. Uno tenía un tatuaje de un hombre con sus brazos extendidos al cielo.

A las 16 horas, llegaron a la «Ciudad de las Diagonales», se bajaron en una plaza. Había cientos de personas con remeras que demostraban que estaban ahí por el mismo motivo “puta que esta concurrida la milonga”, había banderas con inscripciones, banderas argentinas. Fueron a una estación de servicio, porque había que descargar, había fila para todo. Los baños eran asquerosos, realmente sucios, llenos de barro, de pintadas en las puertas de algunos monstruos que habían estado ahí recientemente, en general eran nombres y la fecha, una frase decía “Try to forget this, try to erase this”[3]  haciendo alusión a una canción de la banda a la iban a ver, haciendo alusión a “Jeremy”, que relata la historia de un chico que se suicidó.

Caminaron unas cuadras, y en una casa como cualquiera, un señor gordo, con una parilla,  gritaba “choris y patys baratitos, muy ricos”, 15 pesos, le ponían chimichurri o el condimento que se deseara. Creo que podría haber causado alguna que otra indigestión.

La entrada en la mano, y caminaron más, hasta entrar a la zona del predio. Unos metros antes, en casas particulares se vendían remeras, posters, tazas, llaveros, banderas, de todo. Allí empezaba la procesión hasta llegar al Estadio.

Los corazones latiendo al unísono, movilizados aun más fuerte por la adrenalina, la piel de gallina al llegar al Estadio Único, parecía inmenso. Era temprano y no había mucha gente, se instalaron en la valla, con unos que fumaban algunas hierbas, otros que con camisas cuadriculadas se hidrataban con agua, antes de que empiece.

Muchos hombres como quimeras de pelo largo, emulando al cantante, emulando el grunge, remitiendo a los 90, volviendo a los jeans rotos, las bermudas recortadas, las zapatillas desgastadas, esto es un estilo de vida.

Eran incontables la cantidad de camisas, de tipo leñadora, que había en ese lugar, muchas atadas en la cadera como en sus primeros años este hombre que idolatraban usaba.

De repente se empezó a llenar, el espacio se iba achicando, cada uno se acomodaba para poder ver mejor, para estar más cerca, para respirar más. Los sentados se empezaron a parar. Y a pesar, de que no se cumplió con el horario estipulado, las expectativas y la ansiedad se sentía en el aire. Eran las 22 hs. Una banda que en 1991 empezaba a sonar por Seattle, ingresaba al escenario, era la  banda que la revista Rolling Stone describe como un grupo que “pasó la mayor parte de la década pasada destruyendo su propia fama”.

Habían pasado veinte años desde que se conformaron como grupo. De Seattle a La Plata, 11 184 Km. En el escenario, con una puesta en escena de una “sencillez agresiva”, Matt Cameron se sentaba en la batería, Eddie Vedder agarraba el micrófono , Jeff Ament  se acomodaba el bajo, Stone Gossard y Mike McCready enchufaban sus guitarras, el público enloquecía, gritaba, aplaudía, saltaba y de repente, un profundo silencio, que dejó que los instrumentos se escucharan y el cantante, cantara , “el cantor insistía en la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compas más bien rápido…se prendía al micrófono… con una especie de lujuria cansada, de necesidad orgánica”

La primera vez que vinieron fueron teloneros de los Ramones en su última gira (1995), a quienes recordaron tocando “I Believe In Miracles”.

El recital empezó con “Release” que habla de la muerte del padre del cantante, que abría su alma a los expectantes que tenían el corazón en stand by. Como explicaba Cortazar, los monstruos se reconocían y se admiraban en silencio.

Los que estaban contra la valla se aplastaban más y más, se amontonaban, tenían cara de sufrimiento, un sufrimiento que disfrutaban.“A demás esta el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor” transpirados, apiñados, el vaho por encima de las cabezas. Fueron muchas las personas desmayadas que pasaron por encima del “muro”, llevados por los de seguridad en brazos, también eran muchos los que intentaban pasar al denominado “campo vip”, sin éxito. La valla dividía a unos de otros.

Durante las 2 horas y media que duró el recital, noté a una una pareja que cada que podían o sonaba alguna canción medio romanticona se besaban, del otro lado un tipo gordo que los aplastaba, que tenia una musculosa negra y un olor realmente nauseabundo. Se encontraban cerca de  un pelado petizo y otro que era más alto y con el pelo largo, que en un momento le hizo “cocochito” a una morocha voluptuosa. “Los monstruos se enlazaban” 

El setlist incluía 33 canciones, tanto la banda como el público se recuperaban en el interludio. Vedder sorprendió a todos, sacando un papelito y haciendo un esfuerzo para leer (ya se había tomado más de 2 botellas de vino), dijo en  un forzado castellano “Qué bueno estar de vuelta”. Y, entonces, desde lo más profundo de las gargantas que estaban en el campo se escuchó un coordinado “Oléolépearljamesunsentimientonopuedoparar”. Con sus ojos celestes, llenos de emoción, aplaude y dice: “no tengo palabras”… El público tampoco las tenía, cerraban los ojos para gozar.

Los pies cansados se arrastraron al finalizar “Yellow Ledbetter”, las gargantas secas pedían agua, y los de seguridad la repartían en vasitos, hasta que se cansaron y le dieron el bidón a un pibe, que comenzó a compartir el preciado bien que en sus manos tenía.

La vuelta, arañaba la emoción y la nostalgia, una especie de melancolía, un no saber si realmente uno quería abandonar ese lugar, los oídos aun retumbaban, la gente se agolpaba, se chocaba, movilizados por inercia, por obligación, porque prendieron las luces, los ojos se les achinaron y estaban siendo echados. “Ningún desafío supera al de volver a salvo al punto de partida.” Llegaron sanos y salvos, a las tres de la mañana, habían atravesado el recorrido, mirando para todos lados como perdidos, desorientados. “La ida era un camino ciego y el regreso un rodeo abigarrado.”

“Desde el escenario, el mejor show y público de todos los tiempos. Un viaje ácido de pasión Argentina. Es difícil de explicar no sólo lo que estábamos viendo, si no lo que estábamos sintiendo. Es la primera vez en mucho tiempo que no puedo dormir después de un show. Todavía lo estoy procesando…”– Escribió Jeff Ament  en la cuenta oficial de Pearl Jam en Facebook.

“Yo iba a esa milonga por los monstruos… no sé de otra donde se den tantos juntos” Fui a verlos vivir, y me termine convirtiendo en un monstruo más, “había sido en cierto modo un monstruo como ellos, solo que afuera y de día no se notaba como aquí”. Cada que puedo, vuelvo a ir.

 

 

 

 

 
Cortazar, Julio; “Las puertas del cielo”, Bestiario, Sudamericana, Buenos Aires,1951
 Traducción: Trata de olvidar esto, trata de borrar esto
 VILLORO, JUAN “El Olvido.Un itinerario urbano en México DF”, revista NUEVA SOCIEDAD No 212,noviembre-diciembre de 2007
 

 

 

 

 

 

 

 

 

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