A pesar de los días de mierda

Volvías del trabajo, tuviste uno de esos días que no vale la pena recordarte, te querías ir a la mierda…

El día empezó a eso de las seis de la mañana, le preparaste el desayuno a tu hija, a tu marido, le diste de comer  al perro, desayunaste, te cambiaste. Te diste cuenta de lo mucho que pesan los años, de repente, la vida te pesaba. La vida te dolía, pensaste por un segundo que no tenía sentido vivir.

Con tantos años viviendo, seguís empecinada en creer en Dios, en que todo te pasa por el deseo divino de que así sea. Así, creo yo, sufrís menos, le atribuis a todo una mística explicación.

Eso hiciste con ese día de mierda, era el diablo metiéndose en tus asuntos,  obstinado en hacerte “pisar el palito”, vos querías llorar, querías gritar pero te aguantabas, por no darle el gusto, porque todo lo malo que te pasaba se lo ofrecías a Dios.

Ese día ofreciste toda la mierda que te paso, todas las discusiones en tu trabajo, todos los bondis que perdiste, todo el frío que sentiste, a lo que considerabas, que iba a cambiar el destino de tu hijo. Ofreciste tu dolor, a cambio de su felicidad, el tenía una entrevista importante de trabajo y sabias que no era fácil, rezaste por él, lo encomendaste a tu Padre, y seguiste soportando un día de mierda.

Saliste, diste gracias a Dios por abandonar ese lugar al menos hasta el día siguiente, caminaste por un parque que hay, una especie de atajo para llegar a la parada del colectivo, lleno de árboles, con un caminito, te genera tanta paz ese lugar… respiraste profundo, miraste el cielo… como te estaba costando todo, después de cuarenta seis años, la vida pesaba lo mismo que a los trece, cuando falleció tu mamá y el mundo se vino abajo. Fijaste la vista en el camino, empezaste a escuchar risas detrás tuyo, pero no te dieron miedo, te daban ganas de reírte, conocías esas risas, te habían acompañado tantas veces, no te iban a dejar sola ahora; se reían con vos, de vos, se reían felices, te diste vuelta con la sonrisa esa que hace que muestres tus blancos dientes…

No había nadie. Pero juraste escucharlos, tus hermanos y tu marido, los que ya no están más. Los que te cuidaban y el que te amó hasta el ultimo día de su vida.

Seguiste caminando con una extraña sensación de vacío y soledad, otra vez escuchaste las risas. Otra vez, te diste vuelta. Viste sus risas, viste en silencio… les dijiste “dejen de reírse, vayan a ayudarlo que seguro algo le está costando”, les hablabas de tu hijo, del hijo, del sobrino. “vayan, vayan” y se fueron.

Llegaste después de dos horas a tu casa, dos horas viajando, en silencio. Estabas agotada como nunca, te dolía el cuerpo, te dolía el alma. No te toco nada fácil, no te dejaron nada fácil, pero encontraste algo de luz en todos lados, un poco de esa mística tuya. Todavía no entiendo de donde sacas fuerzas todos los días para respirar, para despertarte,  para vivir. Sos tan fuerte, sos tan increíble, invencible. La vida y sus palos no pueden con vos, el demonio tampoco, y las pruebas de Dios nunca te superan. Explícame como haces.

Al día siguiente, a tu hijo lo llamaron para decirle que consiguió  el trabajo (ese que le cambió la vida).  Tu día de mierda era tu sacrificio, tenes buenos motivos para creer en Dios. A veces, creo que me dan ganas de que me contagies eso. Yo acá cayéndome todo el tiempo, y vos siempre levantándome.

Puta que la vida vale la pena.

Nunca estas sola. Nunca te abandonaron. Nunca perdiste, aprendiste a ganar, a levantarte, a pesar de los días de mierda.

Imagen

Algún día, quiero ser la mitad o un cuarto de lo que sos vos.

 

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