245

Te despertaste con la misma sensación de siempre, un ojo más chico que el otro, el labio superior ligeramente inflamado y con la impresión de que la vida se resumía a la dificultad de levantarse todos los días.

Caminaste por las mismas calles de siempre, llegaste a tu trabajo, donde todo es monótono, la gente es infeliz, el sueldo no alcanza, sus caras están destruidas, o quizás era solo tu percepción matinal, pero ahí estabas trabajando desganado, para variar, siendo uno más.

Un día más, un día menos… te sentías liberado cuando salías de ese lugar, te subías al bondi y te bajabas en la facultad, ahí te sentías más despierto, incluso recuperabas tu identidad y sentías que tu cara volvía a ser la de siempre, un poco más feliz, podías intentar sonreír, por lo menos. Respirabas más vida, creo que intentabas robarle un poco de animo a los demás, te mentías con pequeñas emociones como “mañana es viernes”… te mentías, todos sabemos que después del fin de semana, la vida continua, los problemas no se fueron, solo se desvanecieron, por el abuso de alguna que otra sustancia alcohólica, o alguna que otra droga y no eras vos, eras un ser completamente transformado intentado sentirse vivo. No sé si alguna vez llegaste a engañar a alguien con ese cuentito. Pero parecías feliz de jueves a sábado, el domingo te acordabas que a la mañana del día siguiente la música no te iba a levantar el espíritu, las drogas no podían acompañarte en la cotidianeidad (todavía te rescatabas un poco), y te ibas a encontrar con la maldita rutina.

Pero un día, te subiste al bondi, tus planes eran ir a tu casa a buscar las cosas de la facultad, pero  ahí estaba ella. La miraste siete veces, intentaste la ley de atracción, pensabas y deseabas que te mire (como si eso significara algo), le rezaste a algún santo, los planetas se alinearon…

Te miro, siguió con su libro.

Le sonó el celular, pensaste que tenía novio, la dejaste de mirar.

Se tenía que bajar, tenía un libro, un celular, una mochila, auriculares, una campera y un paraguas, desparramado en donde estaba sentada. La miraste de reojo y esbozaste una sonrisa maliciosa, eso de desear el mal sin saber porque a veces te salía tan natural. Agarro sus cosas como pudo, el celular en la oreja, la campera, la mochila y el paraguas apilados, y en el brazo los auriculares colgando.  Te dio un poco de pena. Toco el timbre, se bajó. En tu mente le dijiste “chau, ojala no nos volvamos a cruzar”, no sabías si te pareció linda o interesante, pero seguro, era una colgada, el libro se le cayó abajo del asiento, Como nadie se dio cuenta, te lo apropiaste, no la tenías a ella pero tenías un libro, ni lo miraste y lo tiraste adentro de tu mochila. Y como suele pasar con las cosas buenas, al poco tiempo te olvidaste que ahí estaba su tu libro y empezaste a sacudir la cabeza con alguna canción de esas que te gustan mucho. Estaba lloviznando, y vos, como siempre, sin paraguas.

Los viernes salís con los de la facultad, con la mina que no te da bola y otros, estabas borracho, lamentando tu suerte, a veces el alcohol te pega mal. Volviste a tu casa revoleaste todo, y te tiraste en la cama. “Mañana es sábado, me vuelo la cabeza y esto también va a pasar.” Típico tuyo.

Te despertaste con resaca, te tomaste un café, un ibuprofeno, y te sentaste con tu guitarra a tocar una triste canción, para ver si la guitarra te devolvía un poco las ganas. Te acordaste de su tu libro, no sabías ni el título, lo buscaste en el desastre de tu habitación, el dolor de cabeza te estaba matando, y no encontrabas la mochila, sonó tu celular y te fuiste a juntar con tus amigos…. El libro podía esperar.

 

 


 

Suele llevar mil cosas para leer, apuntes, libros, lo que sea para matar el tiempo y no mirar el celular. Suele llevar mil cosas que no necesita a todos lados, porque uno nunca sabe cuándo las va a necesitar.

Pensó que sería una estupidez pedir recompensa por un libro, poner carteles en la calle de “se busca libro perdido”… Deseó que lo encuentre alguien que lo valore.

Se compró uno usado, uno distinto.

Se olvidó del libro.

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Unos meses después, terminaste de rendir y tu vieja te pidió de manera poco amable que ordenes tu cuarto, vos te querías ir un poco a la mierda, pero te quedaste y como buen hijo, que intentas ser, ordenaste. Guardaste los apuntes por un lado, la ropa sucia de abajo de la cama la sacaste afuera del cuarto, todo. Y entre tanto desastre, reapareció en tu vida, ese, su tu libro, del que ni siquiera te acordabas.

Nunca miraste el título, nunca le diste importancia, hasta ese día. Quien sabe porque.

“El cazador de estrellas”. Buen título, pensaste. Lo sacudiste para ver si caía alguna señal o algo, nada. Lo empezaste, notaste que el primer capítulo estaba subrayado en algunas partes pero que a partir del segundo no había ninguna marca, en ninguna hoja, ni nada. Seguiste leyendo.

Pensabas ocasionalmente en la persona que perdió ese libro, en lo afortunado que fuiste de encontrarlo, en que capaz cuando lo terminabas, te la cruzabas por ahí, y se lo devolvías. Pensabas mucho, de hecho.

Llegaste al capítulo quince, y te diste cuenta que no te acordabas de su cara, pero que tenías su tu libro para devolverle… solo te faltaba un capítulo más.

Empezaste a pensar que capaz la volvías a ver en el bondi de las 13. 05 que pasa por la avenida, así que todos los días a esa hora en la misma parada te subías al mismo bondi, el colectivero ya te conocía… mirabas para todos lados, pero te olvidaste como era ella. Poco podías hacer.

Te faltaban unas tres hojas, y encontraste una perfecta hoja de otoño, color rojiza, con algo escrito… no entendiste como no se cayó antes del libro. Decía algo así como “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.” y abajo en una letra chiquita Cortázar.

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Era una señal. Era su señal Δ

 

La empezó a buscar, aun si saber cómo era su cara. Se subió todos los días, miraba siempre a su alrededor, a cada mina que se subía al colectivo… el problema es que nunca miro para atrás, siempre fijaba la vista adelante. Se cruzaron un total de 244 veces, en el mismo colectivo, a la misma hora y si la vio, jamás se dio cuenta que era ella, porque jamás pudo recordarla. Ella siempre veía su pelo despeinado, su nuca, sus auriculares, sus ojos mirando inspeccionando milímetro por milímetro a cada persona, le gustaba su locura.

Él, un día le hablo a una flaca, pensó que era ella. Tardo media hora en explicarle como encontró el libro, como la busco, todo entre risitas nerviosas, tartamudeos, y otros tics propios del frenesí de creer haberla encontrado… todo para escuchar a esta chica decirle, “no soy yo la dueña del libro”. Sus ojos se llenaron de vergüenza, de miedo, pero ella le dijo “no te preocupes, sos tierno”.  Se puso colorado, esa no se la esperaba. La no dueña del libro era linda, quizás no tenía que encontrar a la real. Un café (otro día les cuento esa historia).

Quizás en un mundo paralelo, o en otro momento de sus vidas, se vuelvan a encontrar, uno nunca sabe las vueltas del destino…

Hoy se volvieron a subir al mismo colectivo, creo que van 245 o más ya.♦

Algún día, ella se va a sentar delante de él, sin querer.

Sin querer, él, la va a ver.

 
 
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